Desde luego, lo poco humano que es un e-mail y el daño que puede hacer.
Estaba yo tan tranquila aquí en mi tierra, con mi familia y mi mar y tenías que ser tú el que se acordara de mí. Con lo bien que estaba yo sin tí. Casí te había borrado del todo.
Gracias a mi maravillosa memoria de pez, habías desaparecido casi por completo de mi mente.
Eres un cobarde sin remedio pero vas, y me escribes para recordarme la única vez que tuviste el valor de hacer algo por mí, aunque fuera a medias.
Cuando sabías que no ibas a verme más.
Cuando viniste al aeropuerto a despedirte y al final no dijiste una sola palabra.
Ni si quiera un "hasta nunca".
"¿Habría cambiado algo si te hubiera pedido que te quedaras?"
Es lo único que se te ocurre preguntarme a éstas alturas.
A los terroristas del corazón no hay que hacerles ni caso, pero yo soy tonta y siempre caigo.